martes, 17 de abril de 2012

Ritual de Amor de el Polvo de amor

A lo largo de la historia se han empleado las más diversas fórmu­las y los más variados ingredientes para obtener un producto que hiciera posible ganarse el amor de la persona deseada.

Demócrito, por ejemplo, era popular por su habilidad para preparar drogas amorosas. Paracelso escribe también sobre ellas, aunque no deja receta alguna, e incluso Shakespeare atribuye el poder de Otelo sobre Des­démona al uso de drogas y conjuros.

En la Inglaterra isabelina, las raíces de acebo marino se emplea­ban como tónico amoroso entre los caballeros. En ese período se hizo también popular una mezcla de tales raíces con regaliz y azú­car, que se conocía con el nombre de confite de beso.

Drayton destaca el efecto mágico del eneldo en las pociones, y los dramaturgos y poetas de la restauración dejan constancia en sus obras del empleo frecuente de hierbas y polvos eróticos.

Durante el Renacimiento, los boticarios y los brujos de toda Eu­ropa llenaron sus arcas gracias a la comercialización del encanto del amor y la copa del amor. En Venecia, en la época en que el amor y el placer alcanzaron las más grandes alturas, se publicaron infini­dad de obras que contenían recetas con ingredientes curiosos, y en ocasiones revolucionarios, para inspirar el amor.

Los miembros se­xuales de los animales, la sangre de las pelirrojas, los corazones de sapos y culebras y hasta la sangre de los murciélagos se encontra­ban en los componentes de estas extrañas pócimas.

El alcohol endulzado con azúcar era un restaurativo frecuente­mente empleado en Francia. Su fórmula se compuso para restau­rar el amor y el vigor del ya anciano monarca Luis XIV.

Aún hoy, siguiendo esta tradición, en algunos países se condimentan los pas­teles nupciales con azúcar y alcohol. También las frutas se consi­deraban en Francia como instrumentos de seducción amorosa. Sa­varin, por ejemplo, relata la historia de una reputada dama francesa que estuvo a punto de rendirse a las insinuaciones del apuesto Ver­seuil. Al parecer, el culpable de su predisposición no era otro que el pollo trufado que ambos habían comido.

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